Soy un animal de tren... mejor dejémoslo en que soy un animal y que viajo mucho en tren.

Ayer volvía de pasar un estupendo fin de semana. Volvía cansado, con ganas de pasarme las cinco horas de trayecto durmiendo, pero cuando me acerqué a mi asiento supe inmediatamente que no iba a ser posible, ya que a mi lado, en la ventanilla, se sentaba una mujer con su hija, que tendría unos cuatro o cinco añitos. Los chiquillos a esa edad son de naturaleza inquieta, y ya sabía yo que para dormir tendría que esperar a la noche, qué remedio. Pero no me malinterpretéis, me encantan los niños, pero en un tren se pueden poner realmente insoportables.

Pues resulta que no, la niñita se portó... la madre le iba contando historias, y pasados unos kilómetros, las dos se quedaron dormidas. Yo, que me había hecho ya a la idea de no poder pegar ojo, continué releyendo "El misterio de la cripta embrujada", para refrescar la memoria antes de empezar con "El laberinto de las aceitunas".

Cuando se despertaron, fueron a la cafetería, donde estuvieron un buen rato. Yo seguía disfrutando con el viaje y la lectura. Hasta que volvieron... y no fue la niña la que me amargó el resto del viaje, fue la madre. Estaban jugando a hacerse fotos con el móvil. Y claro, la niña también quería hacer fotos, con tan mala suerte que el móvil se le resbaló, acabó en el suelo, se abrió la tapa de la batería y se coló en una rendija del tren...

En dos segundos tuve a mi lado a la señora Hyde. Mientras intentaba sin fortuna sacar la tapa del móvil de la rendija, regañaba cruelmente a su hija... Hasta que se marchó en busca del revisor. Volvió hecha una furia, y todos en el vagón nos enteramos de que vendría el mecánico del talgo a intentar ayudarla.

"¡Qué vergüenza!" decía casi a voces. "Te vas a enterar, tú me dejas sin móvil, pero a vas a pasar un año que te vas a enterar, tener un móvil como ése me cuesta cuatro días de trabajo para que vengas tú y te lo cargues" (...) "¡Ya la cagaste!" "Si sigues así cuando tengas siete años me pisas, y ya me han pisado bastante en la vida para que una mocosa como tú quiera pisarme... Tú a mí no me pisas"

No paró su "discurso" hasta que consiguió hacer llorar a la niña, mi consuelo es que creo que la cría no entendía la mitad de las frases de su madre, porque de haberlo hecho el llanto habría llegado mucho antes. Y creo que era eso lo que más soliviantaba a la madre: ver que sus palabras no hacían mella en la pobre chiquilla...

Yo, como Pérez-Reverte en la barbería, hice de Don Tancredo y ni me moví. Por suerte sonó mi móvil y muy educadamente me salí a atender la llamada a la plataforma entre los vagones, dando gracias a Dios, pues no sé cuánto hubiera aguantando sin decirle nada, y os aseguro que lo que pasaba por mi mente en esos momentos no era nada cortés. La llamada se cortó y oí a otra señora que le decía "es muy pequeña, no le diga usted esas cosas" justo antes de que mi móvil volviera a sonar.

Cuando volví por segunda vez, se habían calmado un poco las cosas, allí estaba el mecánico con una linterna intentando encontrar la dichosa tapita, la niña seguía sentada en su asiento con los ojos aún llorosos y la madre esperaba de pie en el pasillo. Viendo que tardaría un buen rato en poder sentarme otra vez y que quedaba muy poco para llegar a Madrid, opté por coger mi maleta y "exiliarme" voluntariamente al lado de la puerta... la verdad es que estaba cansado de soportar la situación.

Como os decía antes, mi único consuelo es que a la niña parecía darle igual lo que la madre había estado diciéndole, creo que porque no entendía muy bien sus palabras. Pero lloró, porque seguro que entendía su tono de voz, sus aspavientos, sus gestos... Cuando salí del tren, a los diez minutos escasos de que llegara el mecánico, vi por la ventanilla que lo habían conseguido, después de todo. Tantas palabras hirientes por algo tan falto de valor como la tapa de un móvil y que resultó tan fácil de recuperar.

Niña, espero de corazón que estas situaciones no se den a menudo en tu infancia, pero si es así, crece rápido y vuela. Y recuerda, no seas como ella con tus hijos.

Señora, si me lee, cosa que dudo pero no descarto (nunca se sabe), sepa que nunca olvido una cara, pero, como decía Groucho, en su caso estaré encantado de hacer una excepción.