Hay días que uno necesita que le abran los ojos...

El aguacero iba amainando, y la muchacha andaba por el centro de la acera, con la cabeza echada hacia atrás para que las gotas le cayeran en el rostro. Cuando vio a Montag, sonrió.
-¡Hola!
Él contestó al saludo y después, dijo:
-¿Qué haces ahora?
-Sigo loca. La lluvia es agradable. Me encanta caminar bajo la lluvia.
-No creo que a mí me gustase.
-Quizá sí, si lo probara.
-Nunca lo he hecho.
Ella se lamió los labios.
-La lluvia incluso tiene buen sabor.
-¿A qué te dedicas? ¿A andar por ahí probándolo todo una vez? -inquirió Montag-.
-A veces, dos.

(...)

Y ella se alejó corriendo y le dejó plantado allí, bajo lluvia. Montag tardó un buen rato en moverse.
Y luego, muy lentamente, sin dejar de andar, levantó el rostro hacia la lluvia, sólo por un momento, y abrió la boca...

Bradbury, Ray: Fahrenheit 451